¿Qué papel tendrá el diésel en el parque de vehículos de 2030?

Los coches y las furgonetas diésel son vehículos que nos acompañarán en el futuro porque siguen ofreciendo ventajas tangibles para los consumidores.

 

El acuerdo de París y el Marco Estratégico de Energía y Clima de 2030 de la UE requerirán recortes importantes en las emisiones de CO2 en el transporte. Actualmente, el 25 % de las emisiones de gases de efecto invernadero de la UE proceden del transporte, y el 40 % de estas provienen a su vez de los vehículos utilitarios, por lo que la única opción viable es cambiar a sistemas de automoción más ecológicos.

Los vehículos eléctricos ofrecen claras ventajas en las zonas urbanas, ya que no generan emisiones contaminantes en el lugar de uso y, por tanto, no afectan a la calidad del aire local. Los vehículos electrificados, como los híbridos, también pueden eliminar las emisiones en las zonas urbanas.

Como resultado de las políticas de la calidad del aire y la prevención del cambio climático, el parque de vehículos en 2030 será muy diferente del que vemos actualmente en las carreteras.  Con unos costes de batería cada vez más bajos, los vehículos eléctricos con batería serán una opción más viable para los consumidores. La automatización y toda la revolución en torno a la digitalización propiciarán además un cambio más lento pero seguro hacia las soluciones de movilidad compartida.

Los motores diésel modernos seguirán presentes en los coches del futuro.

Sin embargo, la transición hacia la movilidad con bajas o nulas emisiones no está exenta de obstáculos. Lo más previsible es que se produzca a un ritmo gradual, en lugar de un cambio de la noche a la mañana. Los nuevos sistemas de automoción, como los de vehículos eléctricos de celdas de combustible y de eléctricos con batería, están introduciéndose como tendencia y son cada vez más rentables, pero se necesitan nuevas infraestructuras para que los consumidores los consideren soluciones atractivas y se aumente por tanto su cuota de mercado.

Al abordar las complejidades de este reto, la Comisión Europea estimó en 2017 que, sin la adopción de nuevas medidas, el 90 % de los vehículos que circulan por las carreteras de la UE seguirían funcionando solo con motores de combustión interna (ICE, por sus siglas en inglés) para 2030.

Mientras, el sistema de automoción que con más probabilidad dominará entre los coches nuevos vendidos en 2030, será el de los vehículos híbridos que producen menos emisiones de CO2 que los vehículos de gasolina y diésel convencionales. Estos vehículos suelen combinar un motor de gasolina o diésel con un motor eléctrico. Por lo general, a velocidades bajas solo recurren al motor eléctrico, y con la frenada regenerativa convierten la energía cinética en potencia eléctrica, por lo que son muy económicos y ecológicos en términos de calidad del aire y cambio climático para el patrón de conducción urbana convencional, con continuos ciclos de arranque y parada.

Los vehículos híbridos recargan sus baterías con ayuda del ICE convencional, por lo que no dependen de ninguna infraestructura de carga. Por tanto, su implantación no implica los mismos retos de infraestructura que hay que resolver para los vehículos eléctricos de batería a corto plazo. En muchos países, los usuarios de los vehículos híbridos y los híbridos enchufables también disfrutan de ventajas fiscales. Además, en las distancias largas, los híbridos y los híbridos enchufables aún pueden usar su ICE sin tener que recargarse.

Igualmente, en áreas urbanas en las que es más fácil instalar infraestructuras de carga por la mayor densidad de población, la proporción de vehículos eléctricos de batería es probable que aumente drásticamente hasta 2030.

Por tanto, el parque de vehículos en 2030 será mucho más diverso que el actual, con vehículos totalmente eléctricos, híbridos, híbridos enchufables y motores diésel y gasolina. Cada uno tendrá sus propias ventajas según los distintos usos y ubicaciones geográficas.